La depresión los marchita. Más allá de que sus cuerpos estén fragmentados por la degradación de sus células, o de que sus neuronas hayan superado sus límites, las pocas brasas de esperanza desean que la tormenta deje de avivarlas. Su falta de amor se respira y su abandono se contagia.

Dicen que la peor parte del infierno no son las llamas, sino la pérdida de toda esperanza.
Trabajo aquí hace más de cinco años. Los que fundaron este sitio eran personas de la alta sociedad, gente con plata. La sociedad católica del pueblo y el gobierno municipal llevaron a cabo el proyecto. Se consiguieron fondos por grandes donaciones de líderes católicos y de la Beneficencia del Tolima. Por ahí en el año 66 fue creada en El Espinal, Tolima, la Fundación Ancianato Ismael Perdomo.
La mayoría de los ancianos que viven acá ya no están cuerdos; no pueden pronunciar ni una sola palabra. De sus historias de vida sabemos poco: la mayoría están abandonados desde hace mucho, muchísimo tiempo. Solo Fabio podría ayudarle…
Fabio
Mi infancia pasó en Salamina, Caldas, mi pueblito, donde nací… A los ocho años mi papá se separó de mi mamá por un "disgusto". Después de eso mi vida se basó en andar y andar, caminar por toda Colombia de cosecha en cosecha buscando trabajo, recolectando café a pura mano, porque en ese tiempo no había máquinas. Luego de conseguirnos una platica con el trabajo del café, nos íbamos corriendo al Tolima a recoger algodón. Una y otra vez, de sitio en sitio, buscando el vivir…
Una vez llegamos a El Cairo, en el Valle del Cauca, a trabajar en una tiendita, cargando cosas y esas vainas, volteando… Llegó una niña que tenía como diez años diciéndome que me amaba, que estaba enamoradísima de mí. Cualquier mandado que me ponían a hacer, ella se escabullía para buscarme y piropearme. Yo tenía como veinte años, así que pues no le paraba bolas; si acaso, me reía.
Tiempo después, con mi papá llegamos a Ibagué. Nos encontramos con un tío y nos puso a trabajar en "chaza"… ¿No sabe lo que es chaza? En ese tiempo eran los que se la pasaban por todo el pueblo vendiendo chicles, mentas, dulces y esas vainas. Aún recuerdo las palabras de mi tío: "Hágale, que eso es un machete bueno. Hágale duro, que yo les voy a ayudar pa' que no se sigan matando por allá en esas fincas".
Y comenzamos a andar otra vez, y caminé por todo el pueblito de Ibagué. Le cogimos tirito a esa vaina… y nos fue bien. Ya andando, fue pasando el tiempo, y un señor de la Rápido Tolima (los de las flotas y eso), al que le vendía chaza, me dijo: "Don Fabio, le tengo un trabajo que puede que le sirva bueno. Yo ahorita tengo un hostal y necesito una persona que trabaje atendiendo a la gente". Ahí conocí a mi compañera…
Depresión, abandono, tristeza, temor, melancolía, nostalgia, desesperanza. Cada uno es como un niño que siempre debe estar estimulado. Hay que sobrellevarlos en su idea de que son un "abuelito". Uno se convierte en el papá, la mamá, el hijo, el nieto, el sobrino; el familiar que les hace falta.
Ellos sí quisieran tener a alguien así, pero acá los enfermeros suelen rotarse mucho. Intentan apegarse a algunos, pero saben en el fondo que pronto se irán. Suelo pedir practicantes de escuelas; así se ahorra plata, de la que algunas veces no hay ni para la comida…

Fabio
Un día llegó una chica al hostal. Era hermosísima, con una cabellera larga, y venía con un niño recién nacido. La atendí como a cualquiera: una pieza de dos mil pesitos, que en ese tiempo era barato. Tomé sus datos y la acompañé a su habitación.
—Mi nombre es Gloria, vengo de Junín y voy para El Cairo —me dijo.
—¿El Cairo? —respondí. Me quedó sonando; en ese momento recordé que alguna vez en mi vida estuve por allá, en ese tal Cairo.
—¿Cómo se llama usted? —me preguntó.
Le dije mi nombre, y ahí me di cuenta de que Gloria era aquella niña de la tiendita, la que hacía años estaba enamorada de mí. Cuando nos reencontramos, ella ya tenía dieciocho.
Empezamos a hablar y a conocernos más. Ella se sinceró conmigo: me contó que estaba escapando de su marido, porque la querían matar por montarle cacho. Caí enamorado de ella.
—¿Cuál Cairo? —le dije—. Usted pal Cairo no se va, quédese acá conmigo.
Yo, soltero y sin compromiso, estaba dispuesto a quedarme con ella y su hijo. Y se quedó conmigo. Viví veinte años con ella, hasta que me hizo lo mismo que a su marido anterior.
Enfermeros
Doña Eladia ya no está en sus cabales, pero alguna vez dijo que era de Chicoral y que tiene dos hijos. Don Samuel dice que no tiene hijos y que él mismo vino acá porque la mujer ya no quería hacerse cargo de él. Don Gustavo dice que recorrió todo el Tolima a pata, que fue soldado… Don Alfonso dice que su hijo estaba enfermo de la próstata y que dentro de un tiempo va a venir a buscarlo.
Tratamos de estar todo el tiempo con ellos: jugar con ellos, molestarlos un rato, demostrarles afecto. Aunque se pongan bravos, no dejarlos dormir de día para que puedan dormir bien en la noche.
Muchísimas veces hacen falta cremas, pañitos, productos de aseo personal. La gente del pueblo y los administradores hacen más que el Gobierno. Al final de la jornada se recogen donaciones, y quien tiene buen corazón da lo que puede…

Fabio
Nos dimos cuenta de la infidelidad con mis hijos; ellos son testigos de ello. Carlos, con el que ella había llegado el día en que nos reencontramos, se convirtió en mi mayor enemigo. Yo creo que para él soy inexistente. Fabián vive en Bogotá y nunca viene por acá porque el clima le hace daño; él fue quien me trajo acá. Y Gregorio, el mayor, vive en España y creo que le va bastante bien. Ninguno viene a visitarme; ellos solo visitan a su madre. Me da una impotencia enorme saber que yo fui el que los crió. Les di una muy buena educación, son exitosos, ninguno tiene vicios ni problemas raros… pero bueno, supongo que Dios sabe cómo hace sus cosas.
Bueno, ahora le cuento cómo fue que terminé acá…
Soy la única administradora que queda acá. Las cosas han cambiado mucho desde que se fueron los últimos sacerdotes y fundadores. Ha tocado bastante duro, pues las personas que fundaron esto ya murieron, y ellos eran los que daban la plata.
Cuando murieron los fundadores, ya no pudimos volver a recoger ancianos de la calle, de caridad, porque sencillamente no hay plata. Yo llevo la parte contable de acá, y cada anciano cuesta aproximadamente 1.500.000 pesos mensuales. Siento que el Gobierno debería ayudarnos al menos con los ancianos que rescatamos, los propios del municipio. Sin embargo, cuando viene la Alcaldía a hacer revisiones, eso sí, andan peleando para que todo esté en orden: que los baños limpios, las colchonetas, los cuartos; todo debe estar impecable.
Afortunadamente, aquí hay mucha gente que tiene amor por este hogar y me trae muchas donaciones de comida y productos básicos. Siempre intento que vengan practicantes de enfermería. A los abuelos les fascina que venga gente a visitarlos; los hace muy felices, les encanta.
Hay algunos abuelos que pagan su mensualidad. No es suficiente. A veces me pregunto qué va a pasar en el futuro si las personas dejan de dar donaciones. A veces no me cuesta llamar a mis amigas y decirles que me regalen algo de comida para el día siguiente. Huevos, carne, cualquier cosa.
Fabio
Me dio úlcera varicosa, la que da en las piernas, esa de las venas. En la pierna tuve una herida del tamaño de un huevo, alzando unos bultos de café: hice mucha fuerza y de una sentí el pinchazo. Llegué donde mi patrón y me trajo rapidito al hospital de acá, en Ibagué.
—Usted es muy de buenas de no ser diabético, porque le hubiera quedado esa bola para toda la vida —me dijo el médico—. Ya no puede hacer nada más, ya no puede trabajar.
Llamé a mi hijo de Bogotá y le conté lo que pasó. ¿Qué me pongo a hacer yo ahora? Él habló con una señora allá en Ibagué que tenía una hermana llamada Elena.
—Dígale a su papá que, si quiere irse para un ancianato, yo tengo una amiga en El Espinal y lo llevamos —le dijo Elena a mi hijo.
Fabián me llamó y me preguntó si quería ir a un ancianato, porque él no podía tenerme allá en Bogotá. Que porque vivía como mal…
—Aliste sus cosas, que mañana lo llevo —me dijo Fabián en la llamada.
Al otro día llegamos con mi hijo, y Elena empezó a hacer los trámites.
—Acá traje un paciente, a ver si de pronto ustedes lo reciben —le dijo Elena a la administradora.
—¿Usted cuántos años tiene? —La hermanita del sitio se quedó mirándome y me preguntó.
—Mire, hermanita, tengo 73 años… —A partir de los sesenta ya lo reciben a uno. Alcancé a clasificar…
—¿Dónde está mi pieza pa' dejar esta maleta? —le dije contento, y nos reímos un rato. Yo le agradezco mucho a la hermanita, una señora muy sensible, muy querida. Se portó muy bien conmigo, me ayudó.
La señora Elenita pagó el primer mes de manutención. Ese día les di las gracias por todo lo que me dieron.
—Bueno, papá, ahí nos estamos comunicando —se despidió mi hijo. Y ahí me quedé.

Una de las cosas que más recuerdo de acá del ancianato, y que más feliz me hacen, era cuando íbamos a la plaza de mercado. Ya no lo volvimos a hacer. Era bonito porque llevaban a los abuelitos a la plaza y el pueblo nos daba su granito de arena. Hacíamos una recolecta de mercado para el ancianato.
Ya a uno lo conocían más en el pueblo, y yo siempre estaba pendiente por si las hermanitas necesitaban ayuda. Yo ya me amañé aquí; espero pasar mis últimos días acá. Tengo un amigo por ahí que me estima mucho, y siempre me hago querer de todos.
Las hermanitas cogieron confianza conmigo y ya me dejaban salir solo. Hago algunas compras de mercadito y eso… Ellas les dijeron a las personas del pueblo que me conocían que, cualquier cosa, estuvieran pendientes de mí.
Me gustaría que hubiera otra persona al mando, darle la oportunidad a alguien que comparta, gestione, haga las cosas que yo hago. Uno no puede quedarse toda la vida en un puesto. Siempre puede haber alguien con mejores ideas.
Tengo una mamá de 86 años; es otra abuelita que tengo que cuidar. Yo todo el tiempo estoy acá: que tengo que comprar unas bolsas, un reclamo, un mercado; me ocupo todo el tiempo. De acá no salgo hasta las seis de la tarde. Mi mamá se queda completamente sola durante el día.
Quién sabe qué va a pasar en el futuro. A veces me pongo a pensar: yo estoy cuidando a unos abuelos, ¿y por qué no estoy cuidando a mi mamá?… Pero bueno, ¿sabe qué es lo más importante? Nosotros tenemos acá a Dios y a la Santísima Virgen. Siempre están acá, constantemente. Y eso a mí me da confianza.