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Mis ideas acerca de cómo veo el mundo.

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Acerca de un amor muerto

Todas las noches pienso en cuando nos íbamos a acostar juntos y dejabas la puerta abierta por si tu gato quería salir. Recuerdo con cariño esperarte en la cama para acurrucarme en ti y abrazarte —y a veces llorar en silencio— hasta quedarme dormido.

También recuerdo, con algo de tristeza, despertarme ansioso y con temor cada mañana por mi alergia a tus animales. Sentía que mi alergia no dejaba dormir a todo el edificio. En ese tiempo quería escapar, correr de ahí. Nunca fue por ti, sino por la perspectiva que tenía de mí mismo.

La perspectiva que uno tiene de uno mismo... A veces, entre tantas cosas que hacemos en el día a día, envueltos en un futuro ansioso y vicioso, nos creemos pilotos cuando muchas veces somos pasajeros de nuestras circunstancias.

Pero las circunstancias son eso: condiciones que rodean nuestra vida. No deciden quiénes somos. Y creer que tenemos decisión sobre nuestras acciones es tan ridículo como pensar que tenemos control sobre el mundo. Usualmente somos bastante insignificantes.

La insignificancia de no tener un trabajo, de vivir la vida como si cada día fuera sábado, dependiendo de alguien más, a veces se vuelve aburrida. Pero también lo es su única contraparte: trabajar. Porque trabajar también es un dolor en las bolas, pero al menos no sientes que eres peor que una mierda, que por lo menos atrae la atención de las moscas.

Es complejo. Supongo que nuestro cerebro está hecho para la felicidad de un mundo primitivo, en el que la felicidad dependía de cazar y vivir un día más. Pero ahora no vivimos pensando en un día más, sino en un futuro más. Esa es la raíz de toda mi ansiedad.

Sea lo que sea, te extraño, mi amor. Daría lo que fuera por volver a verte una vez más, besarte y revivir nuestro amor. Pero sé que las circunstancias de mi vida me hacen incapaz de afrontar nuestro futuro.

· 9 min de lectura

Escucharse a uno mismo es deprimente

Me empiezo a dar cuenta de mí mismo en este mundo, sorprendido y absorto por nuevas sensaciones, con el subidón de anfetaminas en mi corazón y la música del jazz resonando en mis pies. Espero con amor la pausa entre las canciones de Louis Armstrong, que llenan mi corazón de fulgor. Desearía quedarme acá para siempre: yo, en mi mundo.


El día que nació llamé a mi madre para contarle la noticia. Hubo una equivocación, porque les había dicho a todos que iba a ser niña, al igual que sus dos hermanas mayores, pero a último momento resultó ser un niño. La alegría en la casa fue mil veces más grande que cuando nacieron sus dos hermanas.

Cuando entró a estudiar, llegó un día diciendo que un niño le había pegado en el colegio, quejándose con nosotros. Yo me asusté un montón por el tema del acoso escolar y eso, pero las cosas eran diferentes: era el "macho chiquito de la clase", así lo llamaban sus profesoras en el jardín. Les pegaba a las niñas y siempre había notas de indisciplina en las que nos citaban porque se peleaba con los compañeros.

La agenda estudiantil estaba llena de llamadas de atención y, después de tantas seguidas en la misma semana, se cansaban y nos citaban como acudientes. No había semana en la que las profesoras no la llenaran diciendo que había golpeado a alguien más, que les había faltado el respeto a los profesores o que sencillamente no quería hacer nada. Recuerdo muy bien que casi todos sus maestros nos decían: "Es que ese niño no va a dar, siempre es lo mismo, no tiene solución, devuélvalo a un año anterior…". A mí eso me importaba un carajo.

Un consentido absoluto, muy propiciado por mí como madre. Lo más estresante de ese chino mamón era que reprochaba hasta tener lo que quería. Tal vez me equivoqué al darle todo lo que pedía de chiquito para que dejara de joder: se quedaba quieto y se tiraba al piso cuando caminábamos por la calle, y no se movía para ningún lado hasta que le compraran un dulce o le trajeran a su papá para que lo cargara.

Nunca esperé que mi hijo fuera el número uno, porque yo nunca lo fui cuando estudié de pequeña. Hágale, mijo, y pa'lante. Lo que me importaba era que siempre se defendiera, ante todo. Cuando creció, fue inevitable pensar: ¿en qué la embarré? No me arrepiento de haberlo consentido tanto, pero hay tantas cosas que ahora me deprimen… Supongo que es inevitable siendo madre; ya no tengo el mismo control de aquella época.


Se agarraba a golpes con sus hermanas y no quería estar con su madre, pero le encantaba pasar el tiempo con su papá; era la persona con la que quería estar todo el tiempo. "Papi, papi, papi…", repetía una y otra vez, casi gritando, cada vez que lo veía, mientras alzaba los brazos esperando que lo cargara en los hombros.

Por un largo tiempo tuvimos un café internet. Él estudiaba en el jardín y a las doce del mediodía me tocaba salir corriendo en la bicicleta a recogerlo. Apenas llegaba a la escuela, su actitud demostraba cómo le había ido. Si venía corriendo contento hacia mí, era que no le habían puesto una mala nota. Si venía nervioso y con la cabeza agachada, había que revisarle la agenda. Siempre que le iba bien pedía que le diera un dulce y, como en la casa siempre había, pues yo se lo daba.

Llegábamos al local y nos sentábamos juntos en un computador. Me pedía que le pusiera videos en YouTube. Fueron como cinco meses seguidos en los que todos los berracos días me ponía a ver el mismo capítulo de El Chavo del 8 una y otra vez, y si no lo veía con él, no le gustaba. Era la rutina sagrada hasta que se iba a dormir.

En los primeros años de su primaria empecé a trabajar reparando computadores y estaba muy ocupado para andar todo el día con él, entonces lo que hice fue sentarlo en uno de los computadores. De un momento a otro veo que empieza a buscar juegos y a ver videos por su propia cuenta, sin que yo le explicara nada, y de ahí no lo sacaba nadie; solo cuando tenía que ir a estudiar.

La gente que iba al café internet lo admiraba mucho. Decían: "¡Qué niño tan lindo! No parece que fuera su hijo". En ese tiempo era muy rubio y de ojos verdes. Un día me dio mucha risa porque llegaron dos chicas de más o menos quince años, y una le dijo a la otra, mirando a David: "¿Cómo ve ese bizcocho?". Todas las personas lo querían mucho, y él ni les hacía caso.

Cada época tiene sus problemas. A mí me sorprendía su habilidad para aprender, una facilidad impresionante con la mínima cosa que le enseñaba. Para mí, ese tiempo fue más difícil, pero más bonito que el de ahora. Debe ser que en esa época tenía más control sobre él.


Tiene unos matices muy cerrados; piensa que todo es "blanco y gris", y lo que alguien le dijo que fue así, es así, y no hay nada que pueda cambiarlo. Va a defender un punto aunque le cueste la vida; es jodidamente estresante. Debate y debate cualquier pendejada por horas, sea el tema más banal y estúpido que pueda haber, buscando ganar y, de paso, humillar en cualquier discusión.

A veces siento que no me entiende; mejor dicho, nunca lo hace. Siempre que intento contarle un problema o algo que me ocurrió, como que me trata de bruta. Intenta darme un consejo de mierda que lo único que hace es deprimirme, porque yo solo quería que me escuchara. Entonces, como que siempre termino sintiéndome estúpida cada vez que le cuento algo.

En algún punto de su vida se volvió un excesivo. Siempre lo fue; tal vez era un excesivo con los computadores o los videojuegos, pero ese exceso nunca llegó a las ganas de llamar la atención por todo. Ya empezó a parecer una especie de "chico malo" forzado: las botellas de alcohol y las drogas eran comunes en toda su habitación. Las peleas con nuestra madre también. Litros de alcohol, y por decenas. Qué cambio tan horrible. Para mí que empezó a buscar algo con lo que fingir su personalidad.

No niego que todo el mundo busque algo con lo que identificarse, pero para mí ese "yo soy así" de él era el "yo soy así" que no es él, como una etapa que va a cambiar. Si mi tesis es incorrecta, si su consumo excesivo no es una etapa, ¿qué le pasará en el futuro? Solo me gustaría que hiciera algo que no lo haga envejecer más rápido, para que luego yo no me ponga triste por ello. Yo sé que él lo sabe, lo entiende a fondo y más que nadie en el mundo, pero no comprende las consecuencias.

Se mantiene mucho en su zona de confort: todo lo nuevo que le propongo es un no, no y no rotundo. Me estresa que quiero hacer tantas cosas con él y solo recibo un "NO" de su parte. Pero bien que luego está disfrutando la música o los memes que le quería mostrar.


Hubo un tiempo en el que jugábamos un videojuego llamado Minecraft; jugábamos por horas y horas. Teníamos tantos objetos legendarios y difíciles de conseguir que estábamos a punto de acabarlo, de derrotar al jefe final. Llegó un día en el que me caí en la lava dentro del juego. Cuando pasa eso, pierdes automáticamente todas tus cosas y tu experiencia: todo lo que hiciste se fue al carajo. Yo me puse muy triste y le dije a David que no quería volver a jugar.

Pasaron varios días, y cada vez que lo veía jugar solo, estaba matando monstruos dentro del juego y con ello consiguiendo experiencia una y otra vez. Hasta que un día me dice que entre al juego y me entrega todos los objetos que había perdido en la lava: el arco legendario con Infinidad, la armadura que era mejor que la de él, la espada imposible de conseguir, la comida que más alimentaba… Me dijo que los había conseguido nuevamente para que pudiéramos jugar otra vez. En ese momento me quería poner a llorar; nunca había estado tan feliz y agradecida por algo. Esa vez no me regañó; tal vez sabía lo triste que era perder sus cosas en la lava.

Siempre le encuentra una solución a algo cuando le pido ayuda. Si no consigue algún programa de edición que necesito para mis trabajos o una película pirata que quisiera ver, se mata día y noche hasta encontrar un enlace en internet. Nunca se lo he dicho, pero casi siempre lo pienso, todos los días: si no existiera David, yo sería muy triste y seguramente no conseguiría muchas cosas en mi vida.


Él puede hablar con cualquier persona. En comparación, yo no tengo un solo amigo en mi universidad, o alguien con quien pueda contar. Es como si él tuviera la facilidad de hablar con todo el mundo, y todas las personas lo quieren. Nunca le he conocido un solo enemigo o a alguien que haya hablado mal de él.

Sus relaciones amorosas me entristecen un poco. Es común que llegue cada cierto tiempo contento a contarnos que está hablando con una nueva chica, que para él es muy bonita o que le interesa un montón, pero siempre termina igual: dice que no le interesó para nada y que decidió dejar de hablarle. Tal vez en el fondo él sí quisiera algo, pero ha habido tantos intentos, cientos, que yo creo que eso lo deprime demasiado. Por un lado es bueno, porque es una persona que no se deja amarrar de nadie, pero por el otro es decepcionante. Es como si echara a la basura todo el tiempo que compartió con alguien a quien quería mucho, borrándola de su mente y de su vida social.


El mayor consejo que podría darle a David, además de que dejara los excesos, es que no se deje frenar por cualquier persona: deja de mirar al pasado y mira hacia el futuro. Cuando una persona lo afecta en algo, él no quiere volver a repetirlo; se niega rotundamente a volver a eso y busca miles de ejemplos científicos, filosóficos o personales para justificar la pérdida de emoción por algo que lo hacía muy feliz. Su miseria se convierte en lo que las personas le dijeron, y con ello hace miserables a los demás.

Fuentes y notas

  • Padre de David
  • Madre de David
  • Hermanas mayores de David
  • Agenda y cuadernos escolares de David
  • Diario personal de David
  • Documentos legales de David
  • Documentación psiquiátrica de David

· 10 min de lectura

Mientras Dios esté presente

La depresión los marchita. Más allá de que sus cuerpos estén fragmentados por la degradación de sus células, o de que sus neuronas hayan superado sus límites, las pocas brasas de esperanza desean que la tormenta deje de avivarlas. Su falta de amor se respira y su abandono se contagia.

Ancianato Ismael Perdomo, El Espinal

Dicen que la peor parte del infierno no son las llamas, sino la pérdida de toda esperanza.


Trabajo aquí hace más de cinco años. Los que fundaron este sitio eran personas de la alta sociedad, gente con plata. La sociedad católica del pueblo y el gobierno municipal llevaron a cabo el proyecto. Se consiguieron fondos por grandes donaciones de líderes católicos y de la Beneficencia del Tolima. Por ahí en el año 66 fue creada en El Espinal, Tolima, la Fundación Ancianato Ismael Perdomo.

La mayoría de los ancianos que viven acá ya no están cuerdos; no pueden pronunciar ni una sola palabra. De sus historias de vida sabemos poco: la mayoría están abandonados desde hace mucho, muchísimo tiempo. Solo Fabio podría ayudarle…

Fabio

Mi infancia pasó en Salamina, Caldas, mi pueblito, donde nací… A los ocho años mi papá se separó de mi mamá por un "disgusto". Después de eso mi vida se basó en andar y andar, caminar por toda Colombia de cosecha en cosecha buscando trabajo, recolectando café a pura mano, porque en ese tiempo no había máquinas. Luego de conseguirnos una platica con el trabajo del café, nos íbamos corriendo al Tolima a recoger algodón. Una y otra vez, de sitio en sitio, buscando el vivir…

Una vez llegamos a El Cairo, en el Valle del Cauca, a trabajar en una tiendita, cargando cosas y esas vainas, volteando… Llegó una niña que tenía como diez años diciéndome que me amaba, que estaba enamoradísima de mí. Cualquier mandado que me ponían a hacer, ella se escabullía para buscarme y piropearme. Yo tenía como veinte años, así que pues no le paraba bolas; si acaso, me reía.

Tiempo después, con mi papá llegamos a Ibagué. Nos encontramos con un tío y nos puso a trabajar en "chaza"… ¿No sabe lo que es chaza? En ese tiempo eran los que se la pasaban por todo el pueblo vendiendo chicles, mentas, dulces y esas vainas. Aún recuerdo las palabras de mi tío: "Hágale, que eso es un machete bueno. Hágale duro, que yo les voy a ayudar pa' que no se sigan matando por allá en esas fincas".

Y comenzamos a andar otra vez, y caminé por todo el pueblito de Ibagué. Le cogimos tirito a esa vaina… y nos fue bien. Ya andando, fue pasando el tiempo, y un señor de la Rápido Tolima (los de las flotas y eso), al que le vendía chaza, me dijo: "Don Fabio, le tengo un trabajo que puede que le sirva bueno. Yo ahorita tengo un hostal y necesito una persona que trabaje atendiendo a la gente". Ahí conocí a mi compañera…


Depresión, abandono, tristeza, temor, melancolía, nostalgia, desesperanza. Cada uno es como un niño que siempre debe estar estimulado. Hay que sobrellevarlos en su idea de que son un "abuelito". Uno se convierte en el papá, la mamá, el hijo, el nieto, el sobrino; el familiar que les hace falta.

Ellos sí quisieran tener a alguien así, pero acá los enfermeros suelen rotarse mucho. Intentan apegarse a algunos, pero saben en el fondo que pronto se irán. Suelo pedir practicantes de escuelas; así se ahorra plata, de la que algunas veces no hay ni para la comida…

Ancianato Ismael Perdomo

Fabio

Un día llegó una chica al hostal. Era hermosísima, con una cabellera larga, y venía con un niño recién nacido. La atendí como a cualquiera: una pieza de dos mil pesitos, que en ese tiempo era barato. Tomé sus datos y la acompañé a su habitación.

—Mi nombre es Gloria, vengo de Junín y voy para El Cairo —me dijo.

—¿El Cairo? —respondí. Me quedó sonando; en ese momento recordé que alguna vez en mi vida estuve por allá, en ese tal Cairo.

—¿Cómo se llama usted? —me preguntó.

Le dije mi nombre, y ahí me di cuenta de que Gloria era aquella niña de la tiendita, la que hacía años estaba enamorada de mí. Cuando nos reencontramos, ella ya tenía dieciocho.

Empezamos a hablar y a conocernos más. Ella se sinceró conmigo: me contó que estaba escapando de su marido, porque la querían matar por montarle cacho. Caí enamorado de ella.

—¿Cuál Cairo? —le dije—. Usted pal Cairo no se va, quédese acá conmigo.

Yo, soltero y sin compromiso, estaba dispuesto a quedarme con ella y su hijo. Y se quedó conmigo. Viví veinte años con ella, hasta que me hizo lo mismo que a su marido anterior.


Enfermeros

Doña Eladia ya no está en sus cabales, pero alguna vez dijo que era de Chicoral y que tiene dos hijos. Don Samuel dice que no tiene hijos y que él mismo vino acá porque la mujer ya no quería hacerse cargo de él. Don Gustavo dice que recorrió todo el Tolima a pata, que fue soldado… Don Alfonso dice que su hijo estaba enfermo de la próstata y que dentro de un tiempo va a venir a buscarlo.

Tratamos de estar todo el tiempo con ellos: jugar con ellos, molestarlos un rato, demostrarles afecto. Aunque se pongan bravos, no dejarlos dormir de día para que puedan dormir bien en la noche.

Muchísimas veces hacen falta cremas, pañitos, productos de aseo personal. La gente del pueblo y los administradores hacen más que el Gobierno. Al final de la jornada se recogen donaciones, y quien tiene buen corazón da lo que puede…

Ancianato Ismael Perdomo

Fabio

Nos dimos cuenta de la infidelidad con mis hijos; ellos son testigos de ello. Carlos, con el que ella había llegado el día en que nos reencontramos, se convirtió en mi mayor enemigo. Yo creo que para él soy inexistente. Fabián vive en Bogotá y nunca viene por acá porque el clima le hace daño; él fue quien me trajo acá. Y Gregorio, el mayor, vive en España y creo que le va bastante bien. Ninguno viene a visitarme; ellos solo visitan a su madre. Me da una impotencia enorme saber que yo fui el que los crió. Les di una muy buena educación, son exitosos, ninguno tiene vicios ni problemas raros… pero bueno, supongo que Dios sabe cómo hace sus cosas.

Bueno, ahora le cuento cómo fue que terminé acá…


Soy la única administradora que queda acá. Las cosas han cambiado mucho desde que se fueron los últimos sacerdotes y fundadores. Ha tocado bastante duro, pues las personas que fundaron esto ya murieron, y ellos eran los que daban la plata.

Cuando murieron los fundadores, ya no pudimos volver a recoger ancianos de la calle, de caridad, porque sencillamente no hay plata. Yo llevo la parte contable de acá, y cada anciano cuesta aproximadamente 1.500.000 pesos mensuales. Siento que el Gobierno debería ayudarnos al menos con los ancianos que rescatamos, los propios del municipio. Sin embargo, cuando viene la Alcaldía a hacer revisiones, eso sí, andan peleando para que todo esté en orden: que los baños limpios, las colchonetas, los cuartos; todo debe estar impecable.

Afortunadamente, aquí hay mucha gente que tiene amor por este hogar y me trae muchas donaciones de comida y productos básicos. Siempre intento que vengan practicantes de enfermería. A los abuelos les fascina que venga gente a visitarlos; los hace muy felices, les encanta.

Hay algunos abuelos que pagan su mensualidad. No es suficiente. A veces me pregunto qué va a pasar en el futuro si las personas dejan de dar donaciones. A veces no me cuesta llamar a mis amigas y decirles que me regalen algo de comida para el día siguiente. Huevos, carne, cualquier cosa.

Fabio

Me dio úlcera varicosa, la que da en las piernas, esa de las venas. En la pierna tuve una herida del tamaño de un huevo, alzando unos bultos de café: hice mucha fuerza y de una sentí el pinchazo. Llegué donde mi patrón y me trajo rapidito al hospital de acá, en Ibagué.

—Usted es muy de buenas de no ser diabético, porque le hubiera quedado esa bola para toda la vida —me dijo el médico—. Ya no puede hacer nada más, ya no puede trabajar.

Llamé a mi hijo de Bogotá y le conté lo que pasó. ¿Qué me pongo a hacer yo ahora? Él habló con una señora allá en Ibagué que tenía una hermana llamada Elena.

—Dígale a su papá que, si quiere irse para un ancianato, yo tengo una amiga en El Espinal y lo llevamos —le dijo Elena a mi hijo.

Fabián me llamó y me preguntó si quería ir a un ancianato, porque él no podía tenerme allá en Bogotá. Que porque vivía como mal…

—Aliste sus cosas, que mañana lo llevo —me dijo Fabián en la llamada.

Al otro día llegamos con mi hijo, y Elena empezó a hacer los trámites.

—Acá traje un paciente, a ver si de pronto ustedes lo reciben —le dijo Elena a la administradora.

—¿Usted cuántos años tiene? —La hermanita del sitio se quedó mirándome y me preguntó.

—Mire, hermanita, tengo 73 años… —A partir de los sesenta ya lo reciben a uno. Alcancé a clasificar…

—¿Dónde está mi pieza pa' dejar esta maleta? —le dije contento, y nos reímos un rato. Yo le agradezco mucho a la hermanita, una señora muy sensible, muy querida. Se portó muy bien conmigo, me ayudó.

La señora Elenita pagó el primer mes de manutención. Ese día les di las gracias por todo lo que me dieron.

—Bueno, papá, ahí nos estamos comunicando —se despidió mi hijo. Y ahí me quedé.

Ancianato Ismael Perdomo

Una de las cosas que más recuerdo de acá del ancianato, y que más feliz me hacen, era cuando íbamos a la plaza de mercado. Ya no lo volvimos a hacer. Era bonito porque llevaban a los abuelitos a la plaza y el pueblo nos daba su granito de arena. Hacíamos una recolecta de mercado para el ancianato.

Ya a uno lo conocían más en el pueblo, y yo siempre estaba pendiente por si las hermanitas necesitaban ayuda. Yo ya me amañé aquí; espero pasar mis últimos días acá. Tengo un amigo por ahí que me estima mucho, y siempre me hago querer de todos.

Las hermanitas cogieron confianza conmigo y ya me dejaban salir solo. Hago algunas compras de mercadito y eso… Ellas les dijeron a las personas del pueblo que me conocían que, cualquier cosa, estuvieran pendientes de mí.


Me gustaría que hubiera otra persona al mando, darle la oportunidad a alguien que comparta, gestione, haga las cosas que yo hago. Uno no puede quedarse toda la vida en un puesto. Siempre puede haber alguien con mejores ideas.

Tengo una mamá de 86 años; es otra abuelita que tengo que cuidar. Yo todo el tiempo estoy acá: que tengo que comprar unas bolsas, un reclamo, un mercado; me ocupo todo el tiempo. De acá no salgo hasta las seis de la tarde. Mi mamá se queda completamente sola durante el día.

Quién sabe qué va a pasar en el futuro. A veces me pongo a pensar: yo estoy cuidando a unos abuelos, ¿y por qué no estoy cuidando a mi mamá?… Pero bueno, ¿sabe qué es lo más importante? Nosotros tenemos acá a Dios y a la Santísima Virgen. Siempre están acá, constantemente. Y eso a mí me da confianza.

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Círculo ansioso

Las grandes multinacionales se han convertido en parte fundamental de nuestras vidas. La compra de cualquier cosa que en un principio se veía como un objeto barato y eficiente, o tal vez como simple entretenimiento, se convierte en querer convertirnos en ese objeto. Anhelamos que lo que compramos se vuelva parte de nuestras vidas y, si no lo hace, nos deprimimos en un círculo vicioso-ansioso por buscar el próximo objeto que se "identifique" con nosotros.

Una sociedad que constantemente busca identificarse con algo, y cuyo único método para hacerlo es comprar y comprar. Pienso que cada vez nos unimos más como un ente libre de consumidores y no como ciudadanos libres. Quien no tenga la opción de comprar es sencillamente un inadaptado: un vagabundo de la calle que no tiene con qué demostrar qué lo identifica, más allá de la marginación (pero ojo, quien tenga para subir fotos bonitas con un iPhone en Instagram es un ejemplo de vida y de éxito).

Y es que nadie se salva de ello. No existe un grupo de reptilianos organizados para controlar la sociedad, ni una clase alta poderosísima que vigila cada acto para manejar a las personas a su antojo. Todos están tan ocupados en querer aparentar su vida ante los demás que a nadie le importa. Ni los más ricos se salvan de querer embellecer su vida de poderosos y millones; ni la clase media se salva de aparentar tener más; y tampoco los pobres marginados se salvan de seguir siendo lo que son.

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Psicopolítica

La psicopolítica es la forma de hacer política entendiendo la psicología humana de la manera más profunda. Entender la mente humana puede ayudar a anticiparse a las tendencias del pensamiento diario y, en definitiva, a ejercer un mejor control de la población. El populismo actual es una demostración de ello.

Byung-Chul Han le da nombre a este control político: poder neoliberal. El poder neoliberal es una dominación "camuflada", en la que la búsqueda de la optimización y del máximo rendimiento individual sirve como motor de la motivación: tener una buena superación personal y una buena empleabilidad de la rutina.

El problema entra en la búsqueda de la libertad individual. Todas las etapas de la vida —madurar, crecer, aspirar a un futuro— son insignificantes porque hace falta una comunidad que les dé sentido, y esa comunidad es la sociedad hiperconsumista.

Aquí vale la pena detenerse en la pirámide de Maslow. Abraham Maslow ordenó las necesidades humanas como una escalera: en la base están las fisiológicas (comer, dormir, respirar); encima, la seguridad; luego la pertenencia, el amor y la amistad; después el reconocimiento, la estima de los demás y la propia; y en la cima, la autorrealización, llegar a ser lo que uno puede ser. La idea es sencilla: no se sube un escalón sin haber pisado el anterior. El poder neoliberal entendió esa escalera mejor que nadie y la convirtió en un catálogo. La pertenencia se compra con la marca correcta; el reconocimiento se mide en seguidores; la autorrealización se vende en cursos, rutinas y productividad. Cada escalón tiene un precio, y el consumo promete que, si pagamos, subiremos. Pero en ese trueque la pirámide se vacía: la pertenencia sin comunidad no pertenece a nada, y la autorrealización sin los otros se queda en rendimiento. Subimos solos una escalera que se construyó para subirse acompañados.

Entonces, el ser humano estaría buscando una libertad social aparente más que una libertad propia: la liberación que obtiene del sistema dominante.

Si cada uno está dentro de su mundo, buscando su propio futuro, es muy difícil que se pueda formar un sentido de comunidad que logre un cambio en masa. Nuestro modelo de individuo termina pareciéndose a un contrato de empresarios en el que solo importamos como cifras. Por ejemplo, a la hora de votar, los votantes son simples consumidores que observan discusiones, se quejan o agachan la cabeza y no participan, porque no saben por qué o por quién están votando.

El modelo en el que estamos estimula la rapidez, la emoción y la inestabilidad. Las redes sociales nos generan dopamina constante. Pensamos que tenemos acceso a todo al alcance de nuestros bolsillos. Convertimos lo privado en público. Con esto se puede concluir que el poder no busca ocultar o prohibir las cosas, sino todo lo contrario. Tengamos en cuenta que antes el concepto de control era obediencia, silencio, disciplina y reclusión. El poder actual prefiere que todo se exprese para poder medir y registrar nuevas formas de política.

Pero si la pirámide se construyó para subirla acompañados, la salida también está ahí: en volver a la base compartida. Lo que el poder mide, la comunidad lo puede transformar. Entender cómo nos gobiernan la mente es el primer escalón para volver a gobernarla nosotros.

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SA-MP Roleplay: el orden dentro de la anarquía

Tenía entre ocho y diez años cuando conocí GTA San Andreas. El juego se había estrenado en 2004 y, más o menos dos años después, unos fans crearon su versión multijugador: SA-MP, San Andreas Multiplayer. Aquello cambió un juego enteramente individual por un mundo en el que las personas podían encontrarse, jugar minijuegos y charlar con otros jugadores. En esa época los servidores eran simples, solo chat de texto y pocas mecánicas: PvP, carreras, minijuegos o sencillamente un lugar para hablar. Los desarrolladores todavía no estaban tan avanzados. Con los años aquello creció hasta superar los dos millones de jugadores activos y los 5000 servidores, que aparecían y se desvanecían como luciérnagas.

Por ahí en 2010 empezó a aparecer el roleplay, el juego de rol, que es básicamente simular tu vida real en la vida virtual: ser policía, mafioso, camionero, basurero, ganar dinero, tener una casa, un coche, frecuentar sitios. Todo cumpliendo las reglas de rol para no ser expulsado del servidor. En los grupos de Facebook ya empezaban a contratar scripters, los desarrolladores de servidores. Nunca entendí esa programación porque estaba muy pequeño, pero varios amigos míos, mayores, que conocí en el mismo juego, eran scripters y ganaban buen dinero.

Con el tiempo se crearon conceptos de rol y reglas que no se podían incumplir, para mantener un buen ambiente. Eran más de treinta, y casi todos los jugadores nos las sabíamos de memoria; si eras un buen jugador, te las preguntaban antes de contratarte para algún trabajo o misión importante. Se manejaban dos canales: el IC (In Character), dentro del personaje, y el OOC (Out of Character), fuera de él. Uno podía hablar cosas fuera del personaje, pero no influían (o no debían influir) en la vida IC. Es algo bastante difícil de comprender, pero era bastante entretenido.

Cada persona podía ser lo que quisiera, un mundo distinto al que era en la vida real, aunque todo costaba. Si querías ser presidente, debías postularte y hacer toda tu campaña dentro del juego, incluidos los gastos millonarios para costearla. Podías ser mafioso y robar tiendas pequeñas o bancos enormes, o ser policía y detener delitos, o ser un policía corrupto. Había libertad para hacer lo que te diera la gana, con las limitaciones de las normas IG (In Game); y así como podías serlo todo, podías perderlo todo en un segundo si mataban a tu personaje.

A mí siempre me gustó el rol de ilegal. Me encantaba meterme en el papel de mafioso y armar robos, pequeños o a gran escala, con amigos que encontraba por ahí. Era curioso, muy curioso: uno se daba cuenta de que, sin ladrones, el policía se moría de hambre. Hubo un montón de servidores que logramos llenar de gente, de 60 a 200 personas, solo porque teníamos un muy buen rol de ilegales. Los policías nos contrarrestaban muy bien, pero sin nosotros no tenían nada que hacer, y el servidor se acababa por falta de jugadores. Siempre fui buen administrador y líder de los grupos ilegales; me encantaba serlo.

También hacíamos trampa, para qué negarlo. Intentábamos bugear el juego: aprovechar los errores que aparecían en los trabajos o en los robos a tiendas para hacernos millonarios rápidamente. Casi siempre buscaba una forma de manipular el juego, aunque muy pocas veces lo conseguía.

De 2010 a 2012 aparecían en Taringa y Facebook, a diario, hasta ochenta servidores nuevos. Por un tiempo fui administrador de uno porque era su publicista, que era una tontería: básicamente copiar y pegar la IP donde fuera que hubiera comunidad. Llegué a pasar más de ocho horas seguidas, durante varios años de mi infancia y adolescencia, siendo camionero o mafioso en mi vida virtual. Las risas nunca faltaban.

Lo que más recuerdo, con cariño y nostalgia, es a un amigo argentino que se hacía llamar Forastero. Pasé años junto a él, jugando a diario. Lo curioso es que el tipo tenía casi treinta años y yo era un niño de once. Nunca le pregunté su edad, y éramos los mejores amigos que podía haber; además, me enseñó bastante sobre cómo administrar. Por motivos personales me alejé de internet durante un tiempo largo. No tuvimos ni una despedida y nunca más pude volver a contactarlo.

De pequeño sentía que esa simulación reemplazaba mi propia vida; tenía tiempo libre para pasar horas y horas jugando. Ahora que crecí, sé que no se puede escapar del mundo real, aunque, como van las cosas, no dudo que pronto llegue el día en que todos vivamos en un roleplay. Por más que simulara ser mafioso en la vida virtual, nunca se me ocurrió hacerlo en la real; yo creo que eso es más una cuestión de educación en casa. Todos tenemos algo que consideramos prohibido, y el juego me dejó asomarme a eso sin que nadie saliera herido.

No me arrepiento de aquellos bellos momentos. Dentro de la anarquía aprendí orden: reglas, liderazgo, amistad. Y a Forastero, dondequiera que esté, lo recordaré siempre con cariño.

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Algoritmo

El metaverso es una constante. Poco a poco introducimos nuevas cosas en él y nos convertimos en consumidores y, a la vez, en productores de contenido. Con el pasar del tiempo, la ciencia ficción se convierte en ciencia real, lo que me hace preguntarme si el camino al futuro está empedrado por las películas y el ocio que consumimos a diario.

Existe un anime llamado Sword Art Online, en el que hay una máquina de realidad virtual que te duerme al instante para introducirte en un mundo enteramente virtual, como si estuvieras dentro de un sueño. Cuando los primeros 10.000 jugadores entraron a ese mundo, quedaron "secuestrados" dentro de él: si se desconectaban, morían en el mundo real por un cortocircuito cerebral causado por su máquina de realidad virtual.

La única forma de recuperar su vida real era ganar el juego al 100 %, siguiendo las reglas de un MMO imposible, de estrategia pura. Pienso que la ciencia ficción inspira a la ciencia exacta. Las películas con historias futuristas nos motivan un montón, y no me parece imposible que estas historias inspiren a los científicos más admirables de la historia, como en el ejemplo de Tesla y sus coches automáticos: películas que inspiran autos automáticos y, con ellos, una realidad que llega desde una historia ficticia.

¿Qué tan difícil es que alguien robe tus datos biométricos, como tus huellas digitales, en el metaverso? Es más, ¿qué tan difícil es que nos controlen con nuestro consentimiento a través de nuestro algoritmo?

Y aun así, si la ficción de ayer es la realidad de hoy, también la esperanza de hoy puede ser la realidad de mañana. Las mismas historias que nos advierten del peligro son las que nos enseñan a verlo venir. Quizás por eso seguimos contándolas: para que, cuando el futuro llegue, nos encuentre despiertos.

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Maya

Solemos referirnos al ruido como algo caótico y ensordecedor, como el de una gran ciudad, pero hay algunos sonidos que percibimos cuando casi no hay ruido, como los de una biblioteca. Los pequeños detalles que llaman nuestra atención son los que más recordamos: el ruido que percibimos en la biblioteca expande nuestra imaginación, que crea nuevas experiencias apasionantes.

Yo empecé a leer en primaria. El primer libro que me gustó era sobre la aventura de un niño por el Amazonas en busca de una serpiente que era su amiga. Era muy bonito porque, desde esa experiencia infantil, abordaba temas como la deforestación, la quema de árboles, el tráfico de personas y de animales, la migración, etc. En su tiempo me encantó y lo entendí muy bien siendo niña.

Cuando nos ponían a leer en clase, era literalmente todos a leer al mismo tiempo, uno a uno y en orden, para escuchar cómo pronunciábamos. Esos libros eran aburridos para mí: de ciencias políticas, matemáticas, todas esas ciencias exactas, así que realmente no les ponía mucha atención. Unos años más tarde, mi madre me compró un libro llamado Noches blancas, un libro con historias de amor supercliché y románticas. Al principio me alejaba de las personas para poder leer, en los descansos y así; luego me pasaba que entraba a clases como química o matemáticas, pero no ponía atención por quedarme leyendo. Así que los profesores me decomisaban los libros o no me dejaban leer en clase. Por alguna razón, al principio sentía que era extraño, por eso leía apartada, pero luego me di cuenta de que el entorno ruidoso nunca afectó mi capacidad lectora.

Empecé a leer mucho más a partir de séptimo. Ya me había motivado con varios libros que me habían regalado mis padres y empecé a pedir dinero para comprar más libros por mi cuenta. En mis últimos años de bachillerato estudiaba en Madrid, Cundinamarca, donde, como trabajo de campo, nos enviaban a buscar información a la Hemeroteca Nacional, una especie de biblioteca de publicaciones periodísticas.

En las bibliotecas hay un ambiente interesante; se torna ritual, todos están destinados a ello. En la Biblioteca Nacional la gente va a lo que va. Cuando leo en mi casa o en la calle, uno empieza a escuchar un ruidito acá, allá, al otro lado… que no tiene nada de malo, pero siento que el silencio que crea una biblioteca es una experiencia mucho más valiosa. No es un silencio obligado: es aquello que las personas buscan.

Los ruidos que uno percibe en la biblioteca son interesantes; a veces terminan siendo muy incómodos, y depende también del ambiente que crea su arquitectura. El ruido de la Biblioteca Luis Ángel Arango es diferente: entras al edificio y no tiene ni pinta de biblioteca, es muy antiguo; los estantes y las mesas rechinan. Eso hace que el silencio se sienta muy solemne, medio nostálgico, triste, viejo. Termina siendo muy acogedor.

Los sonidos se sensibilizan. Los murmullos entre personas empiezan a generarme estrés; a veces prefiero que hablen fuerte. Las personas que están mascando o leyendo en voz baja también empiezan a tornarse muy molestas. Una vez escuché a una pareja besándose. ¿Quién demonios va a una biblioteca para eso? Hasta a mí me daría vergüenza ser la protagonista de ese cuento.

Los poemas que aparecen en las bibliotecas me hacen sentir identificada; casi siempre se refieren a la historia latinoamericana, se siente hasta patriótico:

"Mientras mis amigos, honestos a más no poder, derribaban dictaduras, organizaban revoluciones y pasaban, el cuerpo destrozado, a formar parte de la banal historia latinoamericana, yo leía malos libros. Mientras mis amigas, las más bellas, se evaporaban delante de quien, indeciso, apenas si alcanzaba a decirles la mucha falta que hacen, yo continuaba leyendo malos libros.

Ahora lo comprendo: en aquellos malos libros había amores más locos, guerras más justas, todo aquello que algún día habrá de redimir tantas causas vacías." (J. G. C. B.)

También hay buenas bibliotecas y malas bibliotecas. El ruido de las buenas es como monumental, inmenso; te acompaña mientras lees las letras. El de las malas es un silencio improvisado, como engañoso, parece un pseudosilencio; no me hace sentir cómoda.

Ahora la gente ya no lee mucho. De pequeña, en la Biblioteca Virgilio Barco veía un tránsito de personas constante; ya no. La lectura pasó de ser un beneficio social a algo que las personas en general no quieren hacer, algo que adoptan como extraño. Leer implica concentración completa, estudio de fondo, rumiar el texto para comprenderlo, y para ello entra el apoyo a la imaginación que nos entrega la biblioteca. Hoy leer parece una pérdida de tiempo: a veces mis compañeros me preguntan qué haré hoy, y cuando les digo que simplemente voy a leer, les parece una pérdida de tiempo.

La lectura revoluciona la mente; cada página pone a prueba la inteligencia. Leer termina siendo un acto de introspección, expandido con el silencio que nos aporta la biblioteca. Las personas que leen son más inteligentes que las que no, pero eso no quiere decir que la inteligencia se encuentre en los libros: se encuentra en el cerebro humano. Tal vez lo que les hace falta a las personas no es leer, sino leer de forma inteligente.

Actualmente tengo un blog de opinión en el que me gusta escribir. Considero que no soy muy buena para muchas cosas, pero leer y escribir me eriza la piel. Me gusta mucho lo que hago; mi vida no tendría sentido sin las letras.